ARTÍCULO POR: Alejandra Yepes
La vida después de la muerte alimenta prácticas como esta ofrenda para la festividad mexicana del Día de los Muertos. Fotografía: Nick Agro, para Los Angeles Times.
La historia de los ritos fúnebres, según la conocemos, se remonta hasta hace 75.000 años. Existe evidencia arqueológica de lugares de enterramiento embellecidos con flores silvestres, una práctica que puede resultarnos familiar, pero cuyas implicaciones quizá no sean tan evidentes. La idea del descanso eterno, pero localizado en un espacio físico, sugiere la noción de una vida después de la muerte. Esta noción tiene una carga espiritual significativa que permitió el desarrollo de rituales como la Misa de difuntos católica, y los servicios mortuorios de la iglesia ortodoxa, la anglicana, algunas iglesias metodistas y luteranas.
El término latino requiem significa “descanso”, y se aplica a la Misa de difuntos para aclarar la intención con la cual se ofrece. Usualmente se lleva a cabo en el nombre de personas particulares, en los primeros días después de su fallecimiento. Desde el punto de vista litúrgico, no se trata de una misa ordinaria. Los propios de esta misa incluían textos que hablaban acerca del juicio final, la ira de Dios, y una plegaria para que éste les concediera a los difuntos el descanso eterno. Como era costumbre, estos propios también se cantaban, lo que en la Edad Media tardía y el Renacimiento temprano dio origen a cada vez más diversas musicalizaciones de estos textos. Estas composiciones, en principio asociadas a la Misa de difuntos, pasaron también a denominarse Réquiem, y con el tiempo llegaron a independizarse del rito.
Segunda edición de la Gran misa de difuntos de Hector Berlioz, publicada en 1853 por la editorial de G. Ricordi en Milán. (The Hector Berlioz Website).
Un réquiem estándar, por lo menos hasta el siglo XVIII, utilizaba todavía el texto litúrgico en latín, respetaba el orden y las secciones generales de la misa, y estaba escrito para ensambles pequeños, que eventualmente pudieran interpretarlo dentro de una iglesia. Sin embargo, el género del réquiem se expandió hasta constituirse en una obra de concierto, utilizando ya ensambles demasiado grandes y movimientos demasiado largos para ajustarse a la misa. Ejemplos populares de este tipo de réquiem incluyen el de Wolfgang Amadeus Mozart, el de Giuseppe Verdi, y el de Antonín Dvořák.
Pero esta no fue la única dimensión en la cual el réquiem se expandió. Eventualmente, el término comenzó a aplicarse a cualquier composición que hiciera alusión a la muerte y al luto. Encontramos, entonces, réquiems con textos litúrgicos que no son fieles a la estructura de la misa, como el de Igor Stravinsky y el de Gabriel Fauré. Encontramos otros con textos adaptados para incluir poemas y narraciones de relevancia local, como el de Benjamin Britten y el de Krzysztof Penderecki. Y encontramos, también, réquiems con textos sacros, pero no litúrgicos, como el del propio Johannes Brahms.
Brahms realizó esta composición entre 1865 y 1868, y la llamó Un Réquiem alemán, refiriéndose al idioma de los textos musicalizados. Esta es la primera particularidad de esta composición, y que la distingue marcadamente de la tradición del réquiem litúrgico en latín. Los textos seleccionados por Brahms para el libreto provienen de la Biblia Luterana, las escrituras sagradas traducidas por Martín Lutero durante la Reforma. Entre ellos resalta el utilizado en el primer movimiento, tomado de las beatitudes expresadas en el evangelio según San Mateo: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación». Éste guarda una simetría con el del séptimo y último movimiento: “Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos”, tomado del Apocalipsis. Y aquí vemos el segundo aspecto que distingue a este réquiem de los de la tradición litúrgica romana: pone la mirada constantemente sobre la experiencia humana de maravillarse ante la muerte, de lamentar la pérdida y de la muerte como parte de una revelación.
Brahms omitió a propósito el dogma cristiano, utilizando los textos sacros para transmitir una visión personal que nos deja una impresión de un humanismo simpático frente al misterio de la muerte. El mensaje de un réquiem alemán con textos anclados al protestantismo, además, sugiere que, aunque el dios cristiano sea la fuente de todo consuelo, siempre encontraremos paz y esperanza en la experiencia compartida de reunirnos a llorar por nuestros muertos.
Johannes Brahms, c. 1866. (Wikimedia Commons)